
Te das una ducha, te vistes y desayunas mientras observas las noticias con las que amanece el mundo en tu televisor; ahora sí, estoy preparado para afrontar el día. En cuanto pones un pie en la calle miras a izquierda y derecha y te das cuenta de que no pasa ningún coche, que no existen los semáforos y que para nada tienes que resguardarte en una marquesina a esperar el autobús. Avanzas por la calle y llegas a la plaza, oyes un coche, pero ni rastro de ambulancias, furgones o ruidos de ciclomotor, entras en la panadería (que es un sitio en el que se vende pan, no millones de golosinas, patatas, refrescos, etc.) el olor a pan y a pastas recién hechas es suficiente para salir de allí con buen ánimo durante el resto del día; ah! por cierto, en este rato hablo con la gente, que día tras día hace lo mismo que yo, no vamos con gesto serio, con la mirada perdida y como androides autómatas, es lo que me han parecido en muchas ocasiones algunas personas de las ciudades.
Después regreso a casa, mientras tanto escucho algunos gorriones y carboneros que pasan de copa en copa de los olmos de la Rambla, y en el trayecto cruzan por delante de mi una media docena de gatos de diferentes pelajes y tamaños. Entro en casa, dejo el pan en la panera, encima del frigorífico, y mientras me siento en el estudio para encender el ordenador y leer el periódico, pienso, en cuanto se encienda la pantalla y lea las noticias,
"¿voy a volver a ver otro mundo o vivo en el mismo?"
No lo se, y creo que no me importa, lo que sí se es que soy de pueblo y vivo en uno de tantos, y eso, me gusta.
1 comentario:
bonito artículo, si señor... la calidad de vida está donde está...
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